15 de abril de 2014


"... para quien las trabaja"


(...) Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la adivina,
al bisabuelo judío que dormía en la comuna
y aún vaga con su barba blanca por ahí
proclamando su consigna a las abejas:
Las estrellas para quien las trabaja.


(Fotografías del espectáculo "Las estrellas para quien las trabaja": poemas de JC Mestre, música de Cuco Pérez, dirección de Miguel Ángel Varela)


3 de octubre de 2013

Para las suaves manos de los ausentes






El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,
escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí:
han venido otra vez como líquenes inevitables.
La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos se deslizan cansadas en la lentitud.
Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire;
sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos.
Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad.
Es una amistad dentro de mí mismo;
es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días.

Antonio Gamoneda

30 de agosto de 2013

Los invitados del mirlo




Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar
             mi corazón.
Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras,
pero, ¿qué hago yo delante del abismo?
Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.

Antonio Gamoneda

11 de agosto de 2013

La boca del infierno

666 reencarnación de los carniceros





Y vi que los carniceros al tercer día,
al tercer día de la tercera noche,
comenzaban a florecer en los cementerios
como brumosos lirios o como líquenes.

Y vi que los carniceros al tercer día,
llenos de tordos que eran ellos mismos,
volaban persiguiéndose, persiguiéndose,
constelados de azufres fosforescentes.

Y vi que los carniceros al tercer día,
rojos como una sangre avergonzada,
jugaban con siete dados hechos de fuego,
pétreos como los dientes del silencio.

Y vi que los perdedores al tercer día,
se reencarnaban en toros, cerdos o carneros
y vegetaban como animales en la tierra
para ser carne de las carnicerías.

Y vi que los carniceros al tercer día,
se están matando entre ellos perpetuamente.
Tened cuidado, señores los carniceros,
con los terceros días de las terceras noches.

Óscar Hahn

23 de junio de 2013

Puertas de Charleville




Soy el santo, en oración en la terraza, cuando las bestias llegan hasta el mar de Palestina.
Soy el sabio en el sillón sombrío. Las ramas y la lluvia golpean la ventana de la biblioteca.
Soy el caminante de la ancha carretera entre los bosques enanos; el rumor de las esclusas cubre mis pasos. Por largo tiempo veo la melancólica lejía del poniente.
Sería gustoso el niño abandonado en el muelle que partió hacia la alta mar, el pajecillo que sigue la alameda cuya frente toca el cielo.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Que lejos los pájaros y las fuentes! Tiene que ser el fin del mundo, si avanzamos. 

Arthur Rimbaud

9 de diciembre de 2012

Luego elevado a luego igual a nunca



Pasar a través del dolor y no saberlo,
la puerta de un coche cerrándose de golpe en la noche.
Emerger en un terreno invisible.

Así la suerte de alzar nuestras voces
algo demasiado tarde llegó a ser adorada en diferentes formas;
un actor mudo, un futuro santo intoxicado con la idea del martirio;
y nuestro paisaje se tornó tal y como es hoy;
parcialmente desenfocado, parte de él demasiado cerca, la media distancia
un remanso de serenidad inalcanzable, con todo tipo de gentes
y plantas despertándose y desperezándose, intentando llamar
la atención con cada recurso de que el humano es capaz. Y lo llamaban nuestro hogar.

[Fragmento de "Una ola" de John Ashbery. Trad. Ignacio Infante]

23 de octubre de 2012

Anzuelo para la mirada





Homenaje a Paul Klee



Desde lo alto de la casa,
concretamente desde mi balcón,
se divisa un paisaje de fracasada geometría.
La mirada,
como un espía sin gobierno al que ofrecerle sus servicios,
busca con fines altruistas
un indicio de vida
en el amasijo grisáceo.

Abajo,
suena una turbulenta maquinaria.
Entre dos líneas paralelas,
maravillas de la mecánica,
se deslizan veloces figurillas,
accionadas tal vez desde muy lejos.
La distancia las proyecta cansadas.

Tantea la pupila cortadas dimensiones,
indaga formaciones pétreas.
Cubos, rectángulos, trapecios:
geometría carcelaria.
Ángulos y más ángulos convergen
hacia un cruce de rectas vacuas.
La pupila, como un equilibrista,
salta de un plano a otro,
de un vértice a otro vértice
hasta sentir que se despeña por una sucesión obtusa.
Escaleras hacia la nada.

La pupila
retrocede hasta hundirse en su córnea,
y, precavida, se vuelve hacia las geométricas estrellas.

Abajo,
a salvo de miradas intrusas,
dos enanos se divierten cruzado paralelas.

Francisca Aguirre